205/365

“Fui disidente.

Fui negro entre blancos, playo entre bugas, ateo entre creyentes, socialista entre un montón de burgueses;  finalmente… bastardo entre hijos predilectos.

Supe lo que es tener el mundo en contra, y aún así; sobreviví.”

Él lo observó en un frío silencio espectral, intentando no sentirse inferior. Después del silencio espectral, agregó:

“¿Aún así me va a venir con esa mierda de que el mundo no lo entiende?”

 

201/365

La noche es gris, y él recordaba aquél 14 de febrero.

   – ¿Qué es ésto? – Le preguntó ella sorprendida.

   – Una magnum, la conseguí para ti.

   – Sí, las conozco, pero ¿para qué?
El la observó serio y luego le respondió.

   – A veces me dan miedo tus noches de trabajo, uno nunca sabe quién puede parar en esos semáforos. – Suspiró profundamente.- La verdad es que me gustaría que la llevaras, no quiero que te pase nada.

Ella no dijo nada, se limitó a besarlo en señal de agradecimiento.

Pasó mucho tiempo y ella terminó enamorándose de aquel regalo; tanto que un día decidió entregarle su cuerpo. El amor comenzó con un beso estruendoso en la cien. Luego todo se fue a rojo.

Al descubrir la traición, el maldijo eternamente aquel acto de amor consumado.

200/365

Él dijo que algún día le diría lo que sentía; ella dijo lo mismo.

Pasaron 200 años y él, siendo un alma en pena se acercó al ataúd de ella.

– Esta vez si podré besarla. – Se dijo.

Acercó sus labios de hectoplasma, pero el choque lo hizo materialozarse y no lugar pasar la cortina de muerte que  encerraba a su amor.

Desde entonces se encarga de dar el beso de la muerte a todo aquel que no se atreva a decir lo que en verdad siente. Ese es su don y también su  maldición.

199/365

(Perdón a Trevor Crawford, no fui capaz de escribir la historia que tenía pensada para él)

Él estaba verdaderamente hartp de la ciudad, y de todo lo que ésta  representaba.

Odiaba el ruido, la contaminación, la indiferencia y la luz; sobre todo la luz.
Una noche esa luz maldita se coló entre su habitación y le arrebató el sueño a la fuerza.

Él decidió salir al balcón ante el ataque de insomnio y observar de manera retadora a aquellas luces que lo acosaban. Luego de un rato de verlas con odio, las luces comenzaron a transmutar, y ante sus ojos se transformaron en un cálido mar amarillo brillante que lo indujo al sueño  inmediatamente.

Ese día durmió como un bebé y al despertar descubrió que ya no odiaba tanto la ciudad.

196/365

El autobús avanzaba a toda velocidad y ella absorta miraba desde la ventanilla, al tiempo que masticaba mecánicamente una goma de mascar que ya había perdido el sabor y se estaba tornando cada vez más dura, o menos suave, depende de como quiera verlo.

Entre las curvas cerradas, verdes y montañosas, el autobús se detuvo para que un par de indígenas lo abordaran. La falta de movimiento devolvió a la joven distraída a la realidad y se percató súbitamente de la sensación desagradable que le estaba produciendo la goma, así que simplemente abrió la ventanilla y la escupió. Ni siquiera la vio caer, rápidamente quitó la mirada para buscar una nueva; quizás si hubiera visto las cosas no hubieran sido distintas, pero al menos hubiera entendido el porqué.

La cuestión fue que esa pequeña goma de mascar, incolora e insípida nunca llegó a tocar el suelo; antes de esto un ave hambrienta la cazó en el aire, confundiéndola con quién sabe qué jugosa alimaña.

El ave continuó su vuelo fatídico mientras el par de indígenas terminaban de abordar.

Como era  esperarse, el hambriento animal no fue capaz, siquiera de tragar aquella goma dura y masticada una incalculable cantidad de veces, así que con su sistema respiratorio obstruido terminó cediendo al lado del camino.

Lo que sucedió a continuación fue algo turbulento e imprevisible, pero un ciclista avanzaba por la montaña y al ver el cadáver del pájaro decidió esquivarlo rápidamente, por respeto o empatía; eso nunca se sabe.

Tras él aparecía el autobús, que se había puesto nuevamente en marcha, pero el conductor no esperaba ver a un ciclista en media autovía tras una curva tan cerrada.

Rápidamente el experimentado conductor de autobús intentó esquivar al hombre de la bicicleta, pero la calle húmeda se volvió traicionera como de costumbre y las llantas derraparon hasta llevar al autobús cargado de pasajeros a un precipicio imposible.

Vuelta tras vuelta, mientras se adentraban vertiginosamente en el infierno verde, los pasajeros bajaban a todos los santos del cielo, intentando mantener la esperanza de que algo los salvara del funesto final.

Y así fue.

Entre el estrepitoso caos, el pesado vehículo se detuvo de su caída mortal.

Todos los pasajeros asustados y aún conmocionados observaron atentos hacia los lados para descubrir cómo se llegaron a salvar.

En medio del autobús se había encrustado una enorme rama que logró detener la caída, dejándolos a todos a salvo e ilesos en su mayoría, salvo por el susto y las magulladuras.

Todos estaban bien, menos una, la joven de la goma de mascar que estaba sentada exactamente donde la rama se incrustó.

En ese momento la Madre Tierra y el Karma soltaron a reír y todo lo demás volvió a la normalidad.