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“Fui disidente.

Fui negro entre blancos, playo entre bugas, ateo entre creyentes, socialista entre un montón de burgueses;  finalmente… bastardo entre hijos predilectos.

Supe lo que es tener el mundo en contra, y aún así; sobreviví.”

Él lo observó en un frío silencio espectral, intentando no sentirse inferior. Después del silencio espectral, agregó:

“¿Aún así me va a venir con esa mierda de que el mundo no lo entiende?”

 

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La noche es gris, y él recordaba aquél 14 de febrero.

   – ¿Qué es ésto? – Le preguntó ella sorprendida.

   – Una magnum, la conseguí para ti.

   – Sí, las conozco, pero ¿para qué?
El la observó serio y luego le respondió.

   – A veces me dan miedo tus noches de trabajo, uno nunca sabe quién puede parar en esos semáforos. – Suspiró profundamente.- La verdad es que me gustaría que la llevaras, no quiero que te pase nada.

Ella no dijo nada, se limitó a besarlo en señal de agradecimiento.

Pasó mucho tiempo y ella terminó enamorándose de aquel regalo; tanto que un día decidió entregarle su cuerpo. El amor comenzó con un beso estruendoso en la cien. Luego todo se fue a rojo.

Al descubrir la traición, el maldijo eternamente aquel acto de amor consumado.

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Él dijo que algún día le diría lo que sentía; ella dijo lo mismo.

Pasaron 200 años y él, siendo un alma en pena se acercó al ataúd de ella.

– Esta vez si podré besarla. – Se dijo.

Acercó sus labios de hectoplasma, pero el choque lo hizo materialozarse y no lugar pasar la cortina de muerte que  encerraba a su amor.

Desde entonces se encarga de dar el beso de la muerte a todo aquel que no se atreva a decir lo que en verdad siente. Ese es su don y también su  maldición.

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(Perdón a Trevor Crawford, no fui capaz de escribir la historia que tenía pensada para él)

Él estaba verdaderamente hartp de la ciudad, y de todo lo que ésta  representaba.

Odiaba el ruido, la contaminación, la indiferencia y la luz; sobre todo la luz.
Una noche esa luz maldita se coló entre su habitación y le arrebató el sueño a la fuerza.

Él decidió salir al balcón ante el ataque de insomnio y observar de manera retadora a aquellas luces que lo acosaban. Luego de un rato de verlas con odio, las luces comenzaron a transmutar, y ante sus ojos se transformaron en un cálido mar amarillo brillante que lo indujo al sueño  inmediatamente.

Ese día durmió como un bebé y al despertar descubrió que ya no odiaba tanto la ciudad.